El nuevo muro invisible: algoritmos que controlan el movimiento humano

La inteligencia artificial ya influye en el control migratorio, las fronteras y el asilo. Análisis de riesgos, oportunidades y dilemas éticos de la IA en la movilidad humana.

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Introducción

La migración siempre ha sido un fenómeno profundamente humano: personas que se desplazan en busca de seguridad, oportunidades o dignidad. Sin embargo, en los últimos años comenzó a emerger un actor silencioso que está transformando este proceso desde sus cimientos: la inteligencia artificial (IA).

Mientras el debate público continúa centrado en fronteras físicas, visas y políticas tradicionales, los algoritmos ya intervienen en decisiones clave que afectan la vida de millones de personas. Lo más inquietante es que este cambio avanza en ámbitos donde la transparencia es limitada y las implicancias éticas aún no han sido plenamente discutidas.

Este artículo propone abrir esa conversación: ¿cómo está modificando la IA la movilidad humana? ¿Qué oportunidades ofrece? ¿Qué riesgos introduce? Y, sobre todo, ¿por qué es urgente incorporarla al debate migratorio actual?

Fronteras inteligentes: cuando la tecnología decide quién puede cruzar

Cada vez más países implementan sistemas de control migratorio basados en inteligencia artificial, entre ellos: reconocimiento facial y biométrico en aeropuertos, algoritmos que predicen comportamientos considerados “riesgosos”, sistemas automatizados de verificación de identidad, entrevistas virtuales que analizan patrones de voz o microexpresiones.

Estas tecnologías prometen agilizar procesos y reforzar la seguridad, pero plantean un dilema central: ¿puede un algoritmo decidir quién es confiable y quién no?

Diversos estudios han demostrado que los sistemas de reconocimiento facial presentan tasas de error más altas en personas racializadas (discriminadas por su origen o apariencia), mujeres y comunidades vulnerables. En el contexto migratorio, un error tecnológico no es un simple inconveniente administrativo: puede significar la denegación de entrada a un país, la separación de una familia o la deportación injustificada.

Algoritmos que clasifican personas: el nuevo perfilamiento automático

Algunas agencias migratorias ya utilizan IA para asignar puntajes de riesgo, priorizar solicitudes de asilo o detectar supuestas inconsistencias en entrevistas. Este enfoque introduce al menos dos problemas estructurales:

Sesgos invisibles.
Si los datos utilizados para entrenar los algoritmos reflejan prejuicios históricos —por ejemplo, asociar determinadas nacionalidades o perfiles socioeconómicos con mayor riesgo— la IA no corrige esas desigualdades: las amplifica y automatiza.

Falta de apelación humana.
Muchas decisiones automatizadas no explican por qué una persona es clasificada como “riesgosa”. Sin justificación clara, sin revisión humana y sin mecanismos efectivos de apelación, la opacidad tecnológica puede resultar devastadora en materia migratoria.

La inteligencia artificial como herramienta humanitaria

No todo es riesgo. Utilizada de forma ética, la IA también puede salvar vidas.

Organismos internacionales y agencias humanitarias ya emplean estas tecnologías para: predecir rutas migratorias peligrosas, anticipar crisis humanitarias y desplazamientos forzados, identificar zonas con alto riesgo de conflicto, optimizar la distribución de ayuda humanitaria, mapear comunidades afectadas por el cambio climático.

En muchos casos, estas herramientas permiten responder con mayor rapidez y eficacia que los métodos tradicionales. La clave reside en que su implementación esté guiada por principios éticos claros y supervisión humana constante.

IA y refugiados: ¿quién obtiene protección en el futuro?

Algunas propuestas plantean utilizar inteligencia artificial para analizar patrones en solicitudes de asilo y acelerar los procesos de evaluación. Sin embargo, surge una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con las personas cuyas historias no encajan en los modelos creados por la máquina?

La experiencia humana del desplazamiento —el trauma, la persecución, la pérdida— no siempre puede cuantificarse. La IA puede ser una herramienta de apoyo, pero no puede ni debe reemplazar el criterio humano, la empatía y la sensibilidad que estos casos requieren.

Soberanía de los datos: el nuevo eje geopolítico

En el siglo XXI, los datos se han convertido en una forma de poder. Quien controla los sistemas de inteligencia artificial controla también información migratoria extremadamente sensible a escala global.

Esto abre debates inéditos: ¿qué Estados o empresas tendrán acceso a datos biométricos de millones de personas?, ¿cómo se garantizará la protección de esa información?, ¿qué sucede si esos datos se filtran o se utilizan con fines políticos o de vigilancia?.

La geopolítica del futuro estará marcada, en gran medida, por la disputa en torno al control de los datos migratorios.

Conclusión

La inteligencia artificial ya está transformando la migración, aunque todavía no comprendamos plenamente su alcance. Desde las llamadas fronteras inteligentes hasta los sistemas que influyen en decisiones de asilo y protección internacional, la IA se ha convertido en un actor central del panorama migratorio contemporáneo.

Si bien ofrece oportunidades reales para mejorar la gestión y anticipar crisis, también introduce riesgos éticos, discriminatorios y geopolíticos que no pueden ser ignorados. Humanizar la tecnología, exigir transparencia y garantizar que las decisiones más sensibles mantengan supervisión humana efectiva serán algunos de los desafíos clave de los próximos años.

La migración del futuro no será solo un movimiento de personas: será también un movimiento de datos, algoritmos y decisiones automatizadas. Comprender este nuevo escenario es el primer paso para construir políticas migratorias más justas, responsables y humanas.

Por Gabriela Alfonzo – Enero de 2026.

Para seguir profundizando: Este artículo se apoya en informes y análisis de organismos internacionales como las Naciones Unidas, ACNUR y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), así como en reportes de organizaciones de derechos humanos como Human Rights Watch, la Electronic Frontier Foundation y Médicos Sin Fronteras, que analizan el impacto de la tecnología, los sistemas automatizados y los conflictos en la movilidad humana.

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Un nuevo año, las mismas heridas abiertas

Este artículo nace de la necesidad de no naturalizar el dolor ajeno en un mundo que avanza sin cerrar sus heridas.

El comienzo de un nuevo año suele traer consigo la ilusión de un inicio distinto. Nuevas expectativas, balances personales y deseos de cambio se mezclan con la idea de que algo puede ser mejor. Sin embargo, el mundo no se reinicia con el cambio de calendario. Las crisis continúan, las desigualdades se profundizan y muchas heridas siguen abiertas. Empezar un nuevo año también implica animarnos a mirar esa realidad de frente y preguntarnos qué estamos dispuestos a naturalizar —y qué no—.

Escucha el resumen de este artículo narrado por la autora:

Infancias desprotegidas en un mundo cada vez más desigual

Entre las realidades más dolorosas que persisten se encuentra la situación de millones de niños y niñas que crecen sin acceso a condiciones básicas de protección. El hambre, la pobreza extrema y la falta de oportunidades siguen marcando la infancia de quienes nacen en contextos atravesados por la desigualdad estructural. Allí donde debería haber cuidado, educación y seguridad, muchas veces solo hay carencias y abandono.

La infancia continúa siendo uno de los sectores más vulnerables frente a las crisis económicas, políticas y sociales. Y, aun así, su sufrimiento suele quedar diluido en estadísticas que no siempre logran reflejar la dimensión humana de lo que ocurre.

Conflictos, víctimas invisibles y crisis que se prolongan

A este escenario se suman los conflictos armados y las tensiones políticas que no  encuentran resolución. Las guerras y enfrentamientos dejan un saldo creciente de víctimas civiles, desplazamientos forzados y comunidades enteras marcadas por el miedo y la incertidumbre. Con el paso del tiempo, estas crisis se prolongan y pierden visibilidad, como si el dolor se volviera parte del paisaje.

Cuando la violencia se vuelve constante, las víctimas corren el riesgo de transformarse en cifras, y la urgencia humanitaria en una noticia más. Sin embargo, detrás de cada conflicto hay vidas interrumpidas, proyectos truncos y una cotidianeidad atravesada por la pérdida.

Migrar para sobrevivir: la desesperación de quienes buscan un futuro

En este contexto, la migración forzada aparece como una consecuencia inevitable. Millones de personas se ven obligadas a abandonar sus hogares en busca de seguridad, alimento o una mínima posibilidad de futuro. Migrar no es una elección libre, sino una estrategia de supervivencia frente a escenarios que ya no ofrecen alternativas.

El recorrido de quienes migran suele estar marcado por la precariedad, la exposición a múltiples riesgos y, muchas veces, por el rechazo. En lugar de ser recibidas con empatía, estas personas enfrentan fronteras cada vez más cerradas y discursos que las deshumanizan, olvidando que nadie deja su hogar sin una razón profunda.

La ayuda humanitaria como derecho, no como privilegio

Frente a estas realidades, la asistencia humanitaria cumple un rol fundamental. Sin embargo, en distintos países y regiones, el accionar de las organizaciones humanitarias se ve cada vez más limitado por condiciones políticas, ideológicas o administrativas.

Limitar el accionar de las organizaciones humanitarias no es una decisión neutral. Allí donde la ayuda no llega, el vacío se traduce en mayor vulnerabilidad, más sufrimiento y menos oportunidades de protección. Cuando no se permite ayudar, las personas que más necesitan asistencia quedan expuestas a un abandono total. La ayuda humanitaria no debería ser un privilegio negociable, sino un derecho básico para quienes se encuentran en situaciones extremas.

No acostumbrarnos a las heridas abiertas

Tal vez el mayor desafío de este nuevo año no sea encontrar respuestas inmediatas, sino no perder la capacidad de sentir. No acostumbrarnos al dolor ajeno ni aceptar como normal un mundo donde la desprotección y la desigualdad se profundizan.Mirar estas realidades de frente no implica resignarse, sino asumir una responsabilidad ética. Porque comenzar un nuevo año también puede ser una oportunidad para reafirmar la sensibilidad, cuestionar la indiferencia y recordar que un mundo más justo empieza, muchas veces, por la decisión de no mirar hacia otro lado.

Gabriela Alfonzo — Enero de 2026


Para seguir profundizando: Este artículo se apoya en el análisis de tendencias estructurales y reportes de derechos humanos de la ONU y UNICEF. Si deseas conocer más sobre los datos que sostienen esta mirada, te invito a explorar los portales de datos de ACNUR (migración y refugio) y los testimonios de Médicos Sin Fronteras sobre las consecuencias humanas de los conflictos actuales.

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